Archivos de la categoría ‘Escribir el Mont Blanc’
Escribir el Mont Blanc IV
Publicado en Escribir el Mont Blanc el febrero 14, 2011 | Deja un Comentario »
Escribir el Mont Blanc III
Publicado en Escribir el Mont Blanc el febrero 7, 2011 | Deja un Comentario »
16 de Agosto, 1989.
Hemos llegado a Chamonix a última hora de la tarde. Hace un año, en Agosto también, vinimos para ascender al Mont Blanc du Tacul como preparación para este año. Mañana temprano partiremos hacia el Mont Blanc.
Después de montar la tienda y antes de anochecer, hemos cenado sentados al aire libre, observando el gigantesco macizo de los Alpes: Mont Maudit, Aiguille du Midi y Mont Blanc. El desnivel que hay desde donde lo miramos, 1.000 metros de altitud, hasta sus enormes cumbres, casi 5.000, hace que no nos parezca real, sino más bien un decorado de película.
Dos montañeros que acaban de llegar al campamento nos dicen que un hombre de Madrid y su hijo han muerto esta mañana al caer desde la arista final del Mont Blanc al vacío.
17 de Agosto, 1989.
A las 6.30 de la mañana hemos salido de Chamonix hacia Saint-Gervais-les-Bains; allí nos hemos despedido del resto del grupo y hemos cogido el “tren cremallera” con destino a Nid d’Aigle. El tranvía te deja a 2.300m de altitud; a partir de ahí, comienza la ascensión real, utilizando tu cuerpo. Antes de venir, decidimos escalar sin cordada –si se cae uno, no se matan los otros tres-, pensamos.
Hemos trepado con mucho cuidado desde la estación hasta el refugio de Goûter, donde se pasa la noche y que ya está a 3.817 metros de altitud. El peligro de este tramo es que te caigan encima rocas que desprenden otros montañeros. No es suficiente con el casco, hay que ir muy atento y mirar constantemente hacia arriba.
Hemos conseguido llegar al refugio a las 3 de la tarde. Está repleto de montañeros. Lo primero que hemos hecho es tomar un caldo. Se nota la altitud; estamos un poco atontados. Salimos un momento al exterior y vemos cómo rápidamente llegan unas nubes –estamos a su altura- e instantáneamente empieza a nevar. Este es uno de los peligros de la alta montaña, el clima puede cambiar repentinamente en cualquier momento.
Entramos de nuevo al refugio y decidimos irnos a las literas a descansar. Son las 7 de la tarde. Esta noche, a las 3, saldremos hacia la cumbre; esperamos llegar a las 7 de la mañana. Se escala de noche porque durante esas horas la nieve está helada y así, los crampones se clavan bien y disminuimos el riesgo de provocar aludes.
Antes de ponerme a escribir estas líneas en mi litera, hemos sacado unos bocadillos de chorizo para cenar. Han provocado un tumulto. El resto de montañeros de países del Centro y Este de Europa protestan por su olor: “¡Españoles…!”, gruñen. Nos sentimos minoría cultural; decidimos guardar los bocadillos y comer fruta.
18 de Agosto, 1989.
Como habíamos previsto, esta mañana alrededor de las 7 hemos llegado a la cumbre. Hemos visto amanecer desde allí, desde el punto más alto de Europa. Anoche salimos del refugio a la hora programada. Apenas dormimos. Una línea de lámparas frontales, que llevaba cada montañero en su cabeza, trazaba el camino hasta la cima.
Aturdidos por la falta de sueño y oxígeno, caminando lentamente y clavando bien los crampones, hemos alcanzado la arista final justo antes de amanecer. Todos sabíamos que este era el tramo más peligroso. De uno en uno, con la concentración que requiere una situación que no admite error, hemos ascendido por la delgada línea de hielo, de una anchura no muy superior a una horma de bota de montaña, que separa Italia de Francia. Primero, un pie; después, el piolet; por último, el otro pie; y comienza el siguiente paso. Mirando hacia arriba, sin dejar el más mínimo espacio a la duda, lo hemos conseguido.
Pero cualquier montañero sabe que el descenso de una montaña es tan difícil y arriesgado como alcanzar su cima. Con la alegría de haber llegado a la cumbre, hemos comenzado a bajar por la arista con mucho cuidado. Una vez atravesada, nos hemos empezado a relajar por primera vez desde que salimos de Chamonix. A las 9 de la mañana hemos alcanzado el glaciar de Bossons. A la hora de comer, pensábamos, podríamos estar de nuevo con nuestros compañeros.
Un glaciar cambia de forma cada año; sus grietas nunca son las mismas. Por lo tanto, no hay un camino marcado a seguir. Nuestra alegría inicial ha empezado a transformarse en preocupación cuando hemos visto que, dentro de la enorme lengua del glaciar, estábamos perdidos. No sabemos qué senda de hielo seguir entre la infinita cantidad de grietas que se extiende hasta donde alcanza nuestra vista. Uno de mis compañeros quiere sacarme una foto atravesando una estrecha senda de hielo entre dos grietas. Me paro y dispara. Pero al parar pienso en el peligro de caer en una grieta –tal y como caes, quedas encajado; nadie ni nada te puede sacar-, y el miedo me hace perder el equilibrio. Balanceándome consigo dar tres pasos hasta el “hielo firme”, lo he alcanzado del mismo modo que un niño llega a los brazos de su madre después estar a punto de caer dando sus primeros pasos. Me planto. Tras el susto, no quiero seguir – estamos perdidos; que nos rescate un helicóptero- protesto. Se nos empieza a acabar el agua y no podemos beber la proveniente del deshielo por no tener minerales; aceleraría nuestra deshidratación.
En ese momento, vemos un guía que con otros dos montañeros desciende hacia nosotros. En un instante todo ha cambiado, ya no estamos perdidos. Les seguimos y una hora después, a las 4 de la tarde, estamos abrazando a nuestros compañeros en Chamonix.
Una vez imaginados y documentados mis románticos recuerdos del Mont Blanc, me propongo alcanzar con ellos la cima del K2-M y así, finalmente, convertirlos en una obra de arte.
Escribir el Mont Blanc II
Publicado en Escribir el Mont Blanc el enero 31, 2011 | Deja un Comentario »
“The Task”
To arrest the fleeting images that fill
The mirror of the mind, and hold them fast,
And force them sit, till he has pencilled off
A faithful likeness of the forms he views.
William Cowper, 1785.
Primera tarea: convertir, clandestinamente, en una gran librería de Madrid, las sublimes fotografías lingüísticas del Mont Blanc tomadas por los poetas románticos ingleses en imágenes digitales. Sigo al pie de la letra las instrucciones que el filósofo británico Richard Payne Knight daba en 1805:
El espectador, habiendo enriquecido su mente con los embellecimientos del pintor y el poeta, los aplica, a través de la espontánea asociación de ideas, a los objetos naturales que se presentan a su mirada, de este modo, adquiere las bellezas ideales e imaginarias; bellezas que no son apreciadas por el sentido orgánico de la visión; sino por el intelecto y la imaginación aplicados a ese sentido.
Me concentro y, a través de mi imaginación e intelecto, mis recuerdos del Valle de Chamonix y de la ascensión al Mont Blanc adquieren un carácter romántico.
Escribir el Mont Blanc I
Publicado en Escribir el Mont Blanc el enero 24, 2011 | Deja un Comentario »
Poetry makes nothing happen
W.H. Auden
Todo empieza con la lectura de “La bandera en la cima” de Rafel G. Bianchi, instalación incluida en la expoisción “Antes que todo” del CA2M. Me atrae la sistemática escritura pictórica de sus montañas y despierta mi imaginación romántica; instantáneamente relaciono montañismo y poesía por la inutilidad y el metódico artificio de ambas actividades humanas. Al ver en uno de los textos de la instalación la conexión entre ”La bandera en la cima” y el Taller de Literatura Potencial “Oulipo“, me entusiasmo:
“La bandera en la cima”, la serie de oleos aquí presentada recuerda a Oulipo, Ouvroir de Littérature Potentielle, el Taller de Literatura Potencial ideado por Raymond Queneau, Goerge Perec e Italo Calvino… por nombrar solo a los famosos. En él, se producían precisos y sorprendentes artificios literarios combinando azar y reglas racionales autoimpuestas. En la La bandera en la cima se representan –se representarán al final de la serie- las catorce montañas que superan los 8.000 metros de altitud sobre el nivel del mar. Estas cumbres son mostradas con el mayor detalle posible, aunque el Señor Bianchi Rafael G., español de 42 años de edad, nunca ha estado en ninguna de ellas; en su lugar, las pinta cuidadosamente a través de las fotografías tomadas por otro Señor Bianchi. Marco Bianchi, italiano de 47 años de edad, sí estuvo realmente allí, y su libro “The Eight Thousand Peaks” atestigua e ilustra sus aventuras. Con PhotoShop, Rafael obtiene las escales de grises de las fotografías en color de Marco y las copia. Cuando está satisfecho con el resultado, cubre las imágenes en blanco y negro con colores claros elegidos de la carta de Talens por su transparencia. La superimposición de estos colores cumple el papel de colocar la bandera en la montaña. ¿Son los viajes de Rafael G. menos intensos y reales que los del montañero fotógrafo con (casi) el mismo nombre?
Emocionado, recuerdo que Antes que todo, en 1989, ascendí a una montaña: el Mont Blanc. Me propongo reconstruir metódicamente mi ascensión real a la cima de Europa y convertirla en artificio. El texto de mi ascensión artística podría decir así:
José A. Otero, español de 42 años de edad, estuvo realmente en el Mont Blanc; sus fotografías atestiguan e ilustran su aventura. ¿Puede el viaje del Señor Otero, con la misma edad que el artista escalador, convertirse en una obra de arte?






















